sábado, 17 de marzo de 2018

Parásito de hostal


Parásito de hostal
Para Washu

1.

Desde que los viajes en el tiempo le ganaron la partida comercial a los viajes en el espacio, ya nadie piensa en términos espaciales. El turismo tradicional se extinguió, así como las divisas extranjeras y el interés por aprender otros idiomas. Los publicistas tetra-dimensionales convencieron al mundo de que resulta mucho más excitante viajar en el tiempo que viajar en el espacio, conocer todas las épocas que ha atravesado tu ciudad o tu barrio o tu casa, que conocer otros territorios cuyos nombres ni siquiera puedes pronunciar. Le metieron un discurso chovinista (aldea global, identidad territorial, viaje a la semilla) y lo sazonaron con cifras: el espacio es finito y los destinos geográficos se agotan al cabo de veinte o treinta años. El tiempo, por su parte, si bien no es infinito, al menos tiene zonas inexploradas y límites sin descubrir; lo que desemboca en mayor cantidad de destinos donde se mezcla lo familiar con lo exótico, lo propio con lo ajeno. La gente se convenció y dejó de viajar a Miami, a Londres o a Buenos Aires para viajar a su propia casa cien años antes, mil años antes o veinte segundos antes, según el caso, el riesgo, la ambición y el presupuesto de cada viajero.

Hacían maletas para visitar al abuelo, a la bisabuela o a la tía muerta de cáncer que vivió en esa misma casa veinticinco años atrás. Recorrían, comparaban, cenaban, tomaban nota de la receta de aquel estofado y hasta ayudaban a remodelar algunas paredes deterioradas, algunas tejas mal puestas, un baño sin enchapar, esa habitación fundamental todavía en obra gris. Algunos lo hacían por altruismo, por solidaridad o para saldar deudas morales: disculparse (póstuma y previamente) por no haber visitado a la abuela en su lecho de muerte o por no haberle donado ese riñón que tanto pidió y que hubiera podido salvarla. Otros lo hacían porque la mano de obra y los materiales eran más baratos entonces, y pese al deterioro que tendría lugar con el paso del tiempo, los beneficios de la remodelación todavía podrían disfrutarse medio siglo más tarde.

Era menos frecuente, pero también había visitas a familiares del futuro, especialmente a nietos y bisnietos. Ciertos padres de familia no se llevaban bien con sus hijos porque no estaban a la altura de sus expectativas. Sin embargo, cuando viajaban doscientos o quinientos años hacia adelante, notaban con sorpresa que se llevaban mejor con los nietos de sus nietos. Pese a no haber interactuado nunca con ellos, esos adolescentes y niños futuros los habían tomado como modelo porque les había gustado determinada fotografía, determinado gesto en ese deteriorado video familiar, determinada entrada de diario o determinado pasaje particularmente bien escrito de su carta suicida (“¿Me voy a suicidar a los 97 años?”) y los habían tomado como ejemplo y carta de navegación.

La gente dejó de aprender otros idiomas para aprender dialectos pretéritos o futuros que se hablarían en su calle al cabo de los siglos. Variaciones, sutilezas, neologismos, en algunos casos tan ajenos que conformaban lenguas completamente diferentes. A fuerza de viajes y de influencias, la lengua (promedio) de cada país devino en una mezcla confusa y hermética para el hablante externo. Ya no existía algo como el español latino o el español ibérico. Existían versiones del español hiper especializadas e hiper localizadas (barrios, calles, esquinas concretas) permeadas por dialectos de todas las épocas posibles. Explicarlo no es tan difícil, pero resultaba tan acústicamente incómodo, que dolía escuchar hasta la frase más corta si uno no era nativo de esa lengua. Los extranjeros andaban con audífonos aislantes y aunque algunos osados intentaron aprender la lengua para no depender de las prótesis protectoras, encontraron que resultaba imposible por más lingüistas o filólogos que fueran. Los centros de enseñanza de idiomas tuvieron que adaptarse también a los nuevos tiempos. En lugar de enseñar inglés, francés, alemán o cualquier idioma foráneo, enseñaban lenguas nativas a lo largo del tiempo, lo que terminó ampliando su catálogo de productos. El inglés, el mandarín y el español ya no eran las lenguas más habladas del mundo, como ocurría en la era pre viajes. Ahora las lenguas más habladas se establecían por años, a veces por siglos. En español, por ejemplo, se hablaba mucho el español del siglo LVI, con algunos ingredientes de los siglos XII y XCI. Incluso, para acceder a ciertos empleos y universidades, exigían certificados de idiomas en términos temporales. Negociantes,  empresarios y  grandes ejecutivos que asumían el viaje como herramienta primordial de transacciones, se vieron obligados a manejar dialectos de al menos dieciocho épocas para garantizar funcionalidad y solvencia.

Algo similar sucedió con la economía. La gente dejó de pensar en el dólar y en el euro para interesarse por las divisas cambiantes de sus territorios nativos: devaluaciones, actualizaciones y cambios de monedas, nuevos y viejos rostros de mártires, nuevos y viejos tipos de papel, nuevas y viejas texturas de monedas y tamaños de billetes. Se implementaron controles para evitar estafas. Había funcionarios bancarios que viajaban para asegurarse de que la gente no abriera cuentas de ahorro para acumular capital a fuerza de intereses. Había también controles bursátiles para regular el uso de información futura en apuestas millonarias y en inversiones estratégicas. De cualquier forma, nadie viajaba para hacerse rico porque los únicos que podían viajar eran ya ricos de por sí. El viaje temporal ha ido bajando de precio año a año y cada vez más personas pueden costearlo, pero aún está fuera de mi alcance. En mi oficina hay cuatro que ya han viajado y me han traído monedas de recuerdo, tiquetes de autobús, envolturas de chocolates, incluso pedazos de hierba que dicen haber recogido en mi propio jardín, el mismo día de mi nacimiento. Sé que no es cierto porque nunca les dije ni mi año ni mi lugar de nacimiento verdaderos, pero igual acepté los detalles, fingí gran emoción y cuando me los encuentro en la cafetería o en el ascensor, se los agradezco de nuevo y prometo devolver el gesto en cuanto haga mi primer viaje. Viajeros o no, a la gente le sigue gustando escuchar lo que quieren escuchar.

2.

Hace unos años está rigiendo una nueva ley. Se detectaron enfermedades y anomalías por la exposición prolongada a la cuarta dimensión,  así que el Gobierno decretó un tiempo obligatorio de desintoxicación. Se apagan las máquinas, se suspende el suministro de energía (paradojal) y durante dos meses las cosas son como solían ser. Todos los viajeros se quedan parcialmente atrapados en la época donde los sorprende el apagón. No importa si acaban de llegar o si están por partir. Da igual. Tienen que acampar hasta que se reactiven los viajes.

La medida no fue bien recibida, desde luego. La gente estaba pagando paquetes y planes anuales, incluso impuestos por el uso del espectro tetradimensional. Y los estaban pagando por todo el año, no solamente por diez meses. Como el gobierno nunca se pronunció frente a descuentos o frente a la no facturación de esos sesenta días muertos, la gente se unió para derrocar la prohibición. Hubo boicots, plantones, bloqueos y dado que se trataba de viajeros del tiempo, las aglomeraciones eran multitudinarias porque había varias versiones de cada protestante. El gobierno accedió a negociar. Estuvo de acuerdo en suspender la prohibición siempre y cuando cada ciudadano se comprometiera a dosificar los viajes por su cuenta y bajo su propia responsabilidad. Se firmaron tratados de paz, cada duplicado regresó a su tiempo nativo y los viajeros se mostraron comprometidos y entusiastas, incluso más que con las antiguas campañas de reciclaje y ahorro de agua. El acuerdo se respetó durante casi un semestre, pero luego, la gente empezó a viajar con mayor frecuencia que antes; asumían que eso de las crono-enfermedades nunca les tocaría: era cosa de plebeyos, de impuros, de gente que viajaba a épocas ordinarias, sucias, sin glamour y sin controles sanitarios. Se creía que si se viajaba con clase, altura y dignidad, si el viajero era selectivo en sus destinos, si se limitaba a viajar allí donde el tiempo se escribía con buena letra, todo estaría bien. Error. Las enfermedades atacaban sin discriminar clase social, sexo, raza, época o destreza caligráfica. Se empezaron a encontrar viajeros muertos por doquier, en el siglo XX y en el siglo XXXV, en 1876 y en 1701, con el controlador de la máquina activado y a punto de despegar, con el contador de viajes ya quemado de tanto kilometraje recorrido. Algunos eran auténticos yonquis del viaje en el tiempo, una condición que llegó a tipificarse como adicción auténtica. Pero la mayoría eran personas normales, gente de bien, incluso ministros, políticos, artistas, funcionarios, algunos de los mismos protestantes que habían luchado por derrocar la prohibición.  

Las muertes le daban igual al gobierno (y a la OMS, y a la ONU y a la Unesco) Lo que resultaba verdaderamente preocupante era el repatriamiento de cuerpos. La mayoría de los difuntos habían consignado por escrito (diario, chat, conversación informal, testamento) sus deseos de ser enterrados en su época nativa (junto a la tumba de sus padres o de sus abuelos que nunca viajaron en el tiempo) o en alguna época exótica (en la época de Napoleón, en la de Aristóteles o en la de H.G. Wells), frecuentemente en una época distante con respecto a la época de deceso. El repatriamiento resultaba pesadillesco en términos burocráticos (papeleos, certificados, autopsias), tanto así que la medida de suspensión regresó con una modificación que se consideró aceptable y funcional: hicieron coincidir el apagón con el periodo de receso laboral, con el periodo de vacaciones, con la antigua temporada alta de los extintos viajes físicos: diciembre y enero de cada año. Fracasaron de nuevo. Hacia finales de noviembre, cuando la gente notaba que el inicio de la prohibición se aproximaba, viajaban más que nunca para aprovechar esa pequeña ventana legal, de manera que cuando llegaba la fecha límite, estaban ya muertos o agonizando por el abuso. Nuevas muertes, nuevos repatriamientos y nuevas reuniones gubernamentales para corregir y plantear versiones alternas de la misma prohibición. Se hicieron cuatrocientos cincuenta y siete intentos fallidos, hasta que todo se resolvió gracias a la arbitrariedad y lo aleatorio.

Las autoridades dejaron de jugar a la democracia y apagaron las máquinas sin previo aviso. Cada año cambiaban la fecha del apagón para que fuera imposible predecir o deducir patrones. No lo hacían ni al principio ni al final de cada mes, nunca repetían fecha, aunque después de un tiempo empezaron a hacerlo porque entendieron que la repetición también estaba contemplada en el azar o al menos en lo que el imaginario colectivo entendía por azar. Apagaban la máquina en cualquier momento del año (12 de Enero, 8 de Marzo, 19 de Septiembre) y que los viajeros se las arreglaran como pudieran. Muchos eran sorprendidos en seco: haciendo negocios, estableciendo conexiones comerciales, visitando una época que les serviría como plataforma para viajar a otra, en el contexto de un tratamiento médico o regresando a su época de origen para ponerse ropa limpia que usarían en la siguiente época que pensaban visitar. Daba igual. La medida era implacable y aunque la incomodidad social no se hizo esperar, las autoridades se sacaron un as de la manga para calmar los ánimos. Al terminar la prohibición, todo usuario tenía derecho a hacer un viaje gratis a cualquier época, sin importar qué tan distante, compleja o costosa resultara: el Estado pagaba ese viaje que con el tiempo llegó a conocerse como “viaje de gracia”. Obviamente, el beneficio no era del todo unilateral. Después del viaje de gracia, los precios de los viajes ordinarios subían a costos prohibitivos durante el mes siguiente. Un viaje podía costar perfectamente tres, quince, hasta ciento veinte veces más de lo habitual, medida indispensable también para compensar a la industria por los dos meses de pérdidas comerciales que generaba el apagón sorpresa. Muy poca gente podía costear esos viajes post prohibición, pero con un solo cliente bastaba para que la industria se recuperara de las pérdidas generadas por la sequía. El resto tenía que administrar muy bien el viaje de gracia. Algunos lo usaban para viajar a cierta época que querían conocer pero que nunca habían tenido la oportunidad ni la disciplina para permanecer allí durante un mes, precisamente por la ansiedad de andar viajando y recorriendo otras épocas. Otros lo usaban para visitar a esos hijos bastardos a quienes les habían prometido “tiempo de calidad” desde hacía diez años. Pero la mayoría usaban el viaje de gracia para volver a su época, establecerse y pasar tiempo con la familia mientras se estabilizaban las tarifas.

El gobierno logró implementar su medida con un 100% de efectividad: quedó bien con los usuarios, quedó bien con la industria y a cambio de la inversión que implicaba subsidiar el viaje de gracia, obtuvo un mes adicional de desintoxicación tetra-dimensional que redujo drásticamente los casos de crono-enfermedades y la mortalidad de viajeros en el tiempo. No suelo defender ningún tipo de institucionalidad, pero debo admitir que esta vez la hicieron bien.

3.

Algunos viajeros están perfectamente habituados a la prohibición y se adaptan allí donde los sorprende cada año. Interactúan, hacen nuevos amigos y hasta se las arreglan para hacer negocios. Encuentran la prohibición tan divertida y estimulante que se lamentan cuando termina. Consiguen empleo, consiguen pareja, aprovechan para ver tal o cual lista de películas pendientes o tal o cual lista de libros en espera. Pero se trata de casos excepcionales, personas con extraordinarias capacidades de adaptación al cambio, sobrevivientes natos, infiltradores profesionales. El resto de viajeros lo tienen más difícil. Llevan tanto tiempo viajando que no pueden hablar de otra cosa: viajeros que han conocido, rutas, experiencias recomendadas y recomendables en cuanto a estadía, aterrizaje y despeje. No se tranquilizan ni se pueden infiltrar; necesitan permanecer en un entorno donde sea seguro hablar de viajes. Para ellos fueron construidos los hostales tetra-dimensionales: auténticos refugios para viajeros en el tiempo. Sitios de paso donde viajeros de todas las épocas pueden reunirse y estar tranquilos mientras transcurre el bimestre de prohibición. Establecen un contrato de voluntariado y, a cambio de su trabajo, reciben hospedaje y alimentación “gratuita”. Reciben beneficios materiales pero sobretodo reciben tranquilidad para hablar de la cuarta dimensión sin privarse, sin códigos, sin tapujos, sin la tensión y el temor de ser descubiertos. Aunque el temor a ser “descubierto” era más una cosa de pioneros, de aquellos dos o tres que inauguraron el viaje en el tiempo. Ahora la cuestión es una mera cortesía, evitar provocar a aquellos que no pueden pagar, evitar antojarlos para que no se endeuden, no pidan créditos, no se vuelvan ludópatas o no lo vendan todo para pagarse un tiquete. A la industria del viaje en el tiempo le viene bien el endeudamiento, pero el Estado prefiere evitarse problemas y por eso ha implementado regulaciones. Y parte de esa normatividad desembocó en la construcción/adecuación de estos hostales/refugios para viajeros del tiempo.

Muchos viajeros firman el contrato de voluntariado ofreciendo sus servicios como fotógrafos o como expertos en marketing o como profesores de español del siglo XVII; sin embargo, cuando llegan al hostal son golpeados en la cara por la realidad, muchas veces sin haber tenido tiempo de descargar las maletas. Les toca hacer trabajo de obreros como todos los demás: atender recepción[1], servir bebidas en el bar, lavar los baños y hacerle tour a los nuevos huéspedes, además de recibir invitados externos (no huéspedes) cuando se organizan fiestas y eventos para recaudar fondos o simplemente para lucrar a los dueños del hostal. Algunos viajeros no lo aguantan y se van para buscar un apartamento en la ciudad, para arriesgarse por la vía de la infiltración o simplemente para aventurarse como voluntarios en otro hostal. Pero muchos no tienen mayores opciones, no tienen de donde elegir y se ven forzados a aceptar las condiciones, claramente diferentes a las que firmaron o a las que les prometieron virtualmente. Porque así como hay personas que viajan meramente por placer (la inmensa mayoría), también hay otros que lo hacen por necesidad: exiliados, expatriados, expulsados, gente cuyas épocas atraviesan profundas crisis económicas o políticas, épocas prácticamente condenadas a desaparecer de los crono-mapas. En todo caso, la mayoría de los viajeros aceptan las condiciones a regañadientes y trabajan de mala gana los primeros días. Luego, cuando se hacen adictos al ambiente del hostal, aparcan sus reservas y se quedan incluso más tiempo del programado. Hay música variada, camaradería, oportunidades de conocer gente de otras épocas, lo que permite también descartar destinos que sonaban bien en los folletos o de considerar destinos que ni siquiera aparecen en los anuncios. Viajar sin viajar, recorridos hipotéticos y especulativos por varias épocas sin pagar.

Lo sé porque así como hay viajeros que se hospedan en hostales, también hay parásitos que simplemente llegaron un día para almorzar o para una fiesta o porque un amigo los llevó, y desde entonces frecuentan el lugar con insistencia puntillosa. Aunque cuando digo “ellos”, me refiero principalmente a “mi”; el resto de los parásitos son muy ocasionales. Han ido una o dos veces; lo suficiente para no hacerse adictos, lo suficiente para seguir con sus vidas. Yo empecé frecuentando el lugar una vez por semana, pero conforme fui conociendo más gente allí dentro aumentó la dosis de visitas. Dos, tres, cuatro veces por semana. A veces varios días seguidos. Tanto así que pasé de ser el tipo que vive en la zona y viene de vez en cuando, a ser el tipo fastidioso que no se va nunca pero que igual nadie se atreve a echar directamente. A la altura de la tercera semana ya había varios fastidiados. No me decían nada al respecto, pero sí me miraban raro o me retiraban la mirada cuando los buscaba para preguntarles algo. A veces me contestaban sólo dos de cada tres preguntas. Otras veces se negaban a abrirme la puerta, aunque yo sabía que había gente adentro y ellos sabían que yo sabía. Un día tuvieron el valor de lanzar indirectas más contundentes: empezaron a irse todos a dormir, uno a uno, hasta que me quedé solo fumando en el jardín. Luego apagaron algunas luces y como no “capté el mensaje” desconectaron la energía de golpe. En un par de ocasiones las indirectas fueron más en plan “¿ahora vives aquí?”, “se está haciendo algo tarde”, “¿no te está dando sueño?”, “¿no tienes trabajo pendiente para mañana?”, “¿no te hace daño trasnochar tanto?”. Sentencias pronunciadas tanto por huéspedes como por empleados y propietarios. Pero me daba igual. Yo iba a lo que iba. En esos casos me hacía el que no entendía y continuaba la conversación como si nada:  No vivo aquí pero lo estoy considerando, Se está haciendo tarde pero puede hacerse más tarde aún, Sólo duermo cuatro horas por noche, Estoy desempleado así que no, no tengo trabajo pendiente para mañana. Ya cuando veía que estaban a punto de ponerse violentos, me escabullía en silencio y dejaba pasar un par de días antes de volver con total descaro y seguridad, llegando sin saludar y directamente a la cocina para poner a hacer café y sacar algo de la nevera (jugo, sándwich, cerveza), como si fuera mi casa, porque no era la casa de nadie y lo que no es de nadie me pertenece por derecho propio.

4.

El hostal y las interacciones que se producían allí creaban una suerte de efecto post viaje o previaje, una transición entre viajes tan ambigua que me permitía colarme y encajar. Todos los días llegaba gente y todos los días se iba gente. Así que un gran sector de la población circulante me asumía como viajero también. Me atajaban en alguno de los pasillos o de camino al baño y se sentaban a conversar conmigo. Me ofrecían cigarrillos, me trataban con respeto y me contaban cosas muy íntimas y personales, como esperando que yo replicara el gesto. Al principio lo hacía. Inventaba anécdotas o teorías conspiranoicas para sazonar la conversación. Funcionaba porque obtenía respuestas favorables inmediatas: carcajadas, porros, espaldarazos, incluso ligeros roces de piernas, guiños ocasionales, sonrisas furtivas… A veces decía que venía de 1847 o que acababa de presenciar el asesinato de Gaitán o que venía del siglo XXV o de una era donde todavía no había ni siquiera asentamientos humanos en esa misma cuadra, en ese mismo hostal, en ese mismo bar, en esa misma mesa. También contaba que venía de un tiempo donde se explicaba por qué al hostal le habían puesto “Washu”, pero no podía revelar mayores datos porque así se lo había prometido al dueño original y porque no quería arruinarles la sorpresa, por si viajaban a esa misma época. También les contaba que acababa de llegar de una época en la que el hostal existía pero había dejado de llamarse “Washu”. Tampoco podía hablar mucho al respecto por las mismas razones de spoiler. Inventaba una historia tras otra, ambientadas tanto en el pasado como en el futuro, y llegaba a tales niveles mi capacidad que cuando me quedaba sin tramas, encendía un cigarrillo para ganar tiempo, miraba alrededor, veía una puerta y me despachaba una descripción delirante de cómo había visto esa misma puerta quinientos años atrás y de cómo la había dejado de ver dos mil años en el futuro.

Pero entonces, cuando estaba en lo mejor de la descripción, llegaba alguien (probablemente de 1985) que ya me conocía y revelaba mi condición de nativo, a veces con un simple gesto, a veces con una frase entera, a veces con el mero apretón de manos. Nunca supe si lo hacía adrede o por accidente, si era malintencionada o meramente casual la intervención. El caso es que me dejaba al descubierto como nativo y entonces la decepción se dibujaba en el rostro del viajero: había desperdiciado discurso, saliva y atención (a veces dinero, cigarrillos, comida y coqueteo) hablando con un pobre diablo que probablemente vivía a un par de cuadras (literalmente así era) y que sólo estaba allí para pasar la tarde. Aunque siendo justos, no siempre pasó así. En otros casos la sonrisa del viajero se mantenía, un poco matizada, con una tendencia hacia la baja, pero alcanzaba a conservarse más o menos intacta, porque aunque yo no era un viajero, hacía también parte de su itinerario, estaba también en sus planes hablar con un lugareño (arribista) y gracias a mí podía tachar eso de la lista y pasar a lo siguiente, gracias a mí había completado un ítem sin proponérselo y sin moverse de su lugar de residencia. Yo era parte de su experiencia y tenía que estar agradecido porque se la ofreciera sin resistencia, incluso con un toque de amenidad.

5.

Una noche, llegó una chica de 1732. Nunca había conocido a nadie de entonces, pero en cuanto se sentó nos conectamos inmediatamente. Se reía incluso de mis chistes menos graciosos. Me ofreció cigarrillos, me ofreció fuego, me ofreció agua. Me hablaba de cosas que no me interesaban (comidas típicas de su época, población, clima), pero me las contaba como si se tratara de datos definitivos para la supervivencia de la humanidad. Se mostró también interesada por las cosas que le decía a pesar de que no entendía la mayor parte de los contenidos. Y aunque hablaba también con los demás, no perdía interés en mí. En algún momento dijo que era lesbiana (no sabía que ya hubiera lesbianas en 1732) y eso que pudo haberme decepcionado, no lo hizo. Me dije: puedo ser su amigo sin la presión sexual y sin la presión romántica, sin la presión de tener que mostrar un desempeño óptimo; simplemente puedo ser yo y será suficiente. Tal vez por eso mismo lamenté que llegara tan tarde. Llegó sobre las diez y yo tenía que irme a las once y cuarto. Cuando me disponía a salir, prometí volver en voz alta, casi gritando. Se despidió amablemente y me dijo que nos veríamos pronto.

Tuve que ir a la casa de mis padres, así que no regresé al hostal el día inmediatamente siguiente. El “pronto” resonó todo el tiempo en mi cabeza como reproche. Aun así traté de aprovechar ese día intermedio al máximo. Procuré mantenerme al tanto de las actividades del hostal, traté de que no se perdiera el contacto. Le escribí a mi amigo de 1985 para pedirle que mantuviera vivo mi recuerdo. Le pedí que le hablara, que le contara cosas sobre mí, que le preguntara sobre mí, pero con naturalidad, sin mostrarse muy interesado ni muy ansioso, sólo dejando caer la pregunta, como quien realmente no está interesado pero no le hace daño el dato. Se burló. “Ya la visitarás y le hablarás tú mismo”. Yo le dije: “Me debes muchos cigarros así que encárgate”. Pude entender por lo errático de sus respuestas que no había entendido nada, pero igual lo obligué a prometerlo.

Cuando llegó la hora de regresar, me afeité, me bañé, me peiné, a pesar de que no era necesario y no lo había hecho ni siquiera para la última entrevista de trabajo. Camisa limpia, zapatos limpios, perfume, imagen de tipo serio. Ojalá no me hubiera esforzado tanto. Entré al hostal y de inmediato noté que todo había cambiado. Ella estaba sentada en el jardín, conversando con una huésped de 1307. Me senté cerca pero me ignoraron por completo. 1732 estaba risueña, medianamente eufórica, parecía ebria. Tomaban cerveza de 1289 y fumaban cigarrillos de 1430. Y más que eufórica o alterada por el alcohol o alguna droga, parecía alterada por la trivialidad. Hablaban en código, lo cual podía parecer atractivo a una primera escucha. Pero después de un rato quedaba claro que era un código adolescente, era el código de la complicidad feliz, el código de quien se cree dueño del mundo porque todavía no sabe cómo es el mundo, el código de quien está cómodo en su estupidez, el código de las personas normales.

Empecé a entender que 1732 probablemente no era tan especial o eso que la había hecho única había desaparecido en mi ausencia. 1307 la había contaminado de estupidez y de trivialidad. No la estupidez y la trivialidad de 1307 sino de esa representante concreta de 1307. Yo había hablado con ella sobre cámaras y sobre películas. Habíamos salido por ahí y habíamos tomado un par de buenas fotos. Hablamos de los encuadres y del diafragma y me contó que a pesar de que en 1307 no existía la fotografía, había aprendido el oficio viajando y consideraba la posibilidad de tomárselo en serio. Yo también consideré la posibilidad de tomármela en serio como amiga y colega, pero resultó inviable. Después de un rato de charla, algo se quebraba en ella (o en mí) y volvía a ser ella misma; una persona típica y corriente, una adolescente hormonal que quería acostarse con mi amigo de 1985 sin que se diera cuenta mi otro amigo de 1278 mientras coqueteaba en simultánea con el recién llegado de 1520.  

Esa noche era noche de póker. La organizó una veterana de 1994 y su amiga de 1927. Los jugadores confirmados eran un tipo alto de 1457, una rubia de 2704, un gordo de 1720 y mi amigo de 1985. Terminé uniéndome. No tenía mucho dinero pero fingí que me había llegado dinero de un supuesto negocio, pagué la cuota y entré. Me uní porque sabía que 1732 terminaría sumándose y efectivamente lo hizo, poco antes de arrancar. Se sentó al otro lado de la mesa y no me miró durante toda la partida. Estaba muy distraída con 1307 que también terminó uniéndose. De vez en cuando  escuchaba lo que decían y trataba de hacer algún apunte gracioso para que 1732 se riera con esa risa explosiva que odiaba en otras personas pero que me encantaba en ella. Nada. No reaccionaba. Parecía no haber escuchado mi comentario. A veces escuchaba pero era peor; se limitaba a decir “sí”, “no” o “ah”, y entonces supe que realmente yo no existía para ella. Nunca hubo conexión y si la hubo seguramente la había arruinado por exceso de interés o por ausencia. Ratifiqué la importancia de decepcionarme y de alimentarme de la decepción para mirar las cosas con nuevos ojos, con ojos desnudos, con ojos más puros. Y siguiendo esa línea de pensamiento, miré alrededor y entonces me di cuenta que no sabía por qué ni qué estaba haciendo ahí.

Sí, estaba la parte de las experiencias y la parte de fingir que era un viajero. Estaba la parte de aprender otras lenguas, la parte de la guitarra, los chistes, la camaradería y el efecto vacaciones. Pero todo eso ya se había agotado, sólo que hasta entonces no estaba listo para admitirlo. Ese numerito del viajero infiltrado ya no era suficiente para justificar mi permanencia. Había conocido gente fascinante de varias épocas, pero todos se habían ido ya. Existía una posibilidad remota de que regresaran luego de recorrer otras épocas y de verificar que no había experiencia que se comparara con la del hostal. Pero la verdad era que muchos se habían ido para siempre y yo no había tenido oportunidad de despedirme ni de fingir que me despedía, intercambiar contactos para que no me tocara tan duro cuando finalmente pudiera viajar por mi cuenta. Yo salía del hostal embriagado, drogado o simplemente eufórico, pensando en dormir y en regresar al día siguiente para aprender ese acorde raro que me mostró el guitarrista de 1220. Pero cuando volvía ni el guitarrista ni otros cinco huéspedes estaban ya. No estaban ellos ni sus maletas, ni su guitarra, ni su tambor, ni su carpa, ni siquiera la taza que yo a veces agarraba abusivamente de la cocina para servirme café. Una vez, entré al baño y había un mojón adolescente flotando en el inodoro. Pertenecía a un viajero de 1558 que había tapado el baño poco antes de regresar a su época nativa. Eso fue lo más cercano a una despedida que tuve en ese lugar.

Se había ido el guitarrista de 1220, el filósofo alegrón del año 376 que me preguntaba sobre Roger Waters, se había ido el moreno del siglo VII que cantaba blues y asechaba a las rubias de 1948 a pesar de que estaba comprometido con una crespa de 1895 y tenía otra amante de 2999; se habían ido las rubias de 1948 que hablaban español de mi época y bailaban salsa, se había ido el hípster de 1937 que estaba tratado de entrar en la industria cinematográfica de mi tiempo, y se había ido también el indigente de 2025 que se había endeudado para pagar una máquina del tiempo y en consecuencia lo había perdido todo. Se habían ido casi todos. Quedaba mi amigo de 1985 y otro par de tipos medianamente decentes, pero el grueso de la manada ya no estaba. Definitivamente la época buena del hostal había terminado y yo no había tenido la sensibilidad para percibirlo a tiempo y largarme; no estaba aplicando la ley de la fiesta: llegar tarde, irse temprano. Quedaba gente de épocas con las que yo no encajaba, aunque teníamos números en común y hasta cifras repetidas. Eran épocas que a priori me parecían interesantes y atractivas, pero sus representantes no les hacían justicia ni las dignificaban. Así que allí, con las cartas en la mano y el café frío, con la mirada de 1732 clavada en cualquier cosa que no fuera yo, me sentí más ajeno que nunca. Me sentí ridículo por pasar tanto tiempo en ese espacio; por todas las veces que trataron de echarme, como advirtiéndome en clave de hostilidad que todo esto pasaría, como tratando de protegerme de la decepción. Pero yo no les había hecho caso. Dándomelas de tipo duro me había quedado, los había ignorado, me había resistido a ser despedido para encontrarme ahora siendo expulsado por mí mismo, o por la parte de mismo que ya estaba hastiado de la experiencia.

Me levanté de la mesa. No me importó abandonar el pozo de apuestas y salí sin despedirme. Tenía planeado robarme un libro de la biblioteca y si hubiera aguantado más lo habría logrado esa esa misma noche. Las cámaras estaban desconectadas y la gente, después de determinada hora, no frecuentaba demasiado el comedor donde estaban los libros. Nadie leía así que no lo iban a echar en falta. Pero no lo hice. El tedio epifánico fue más contundente. Cuando iba saliendo, me tropecé con 1985, que salía de la habitación de 1307, cerca de la puerta. Mientras se acomodaba la camisa, me soltó el clásico “Nos vemos mañana, marico”.  Yo le dije que sí, por costumbre y por reflejo. Pero la verdad era que yo sabía que no iba a volver, no iba a estar ahí de nuevo, por lo menos no pronto, por lo menos no cerca.

6.

Regresé al cabo de un mes. Pensaba no hacerlo nunca pero tenía una razón poderosa: había reunido el dinero para viajar y me parecía oportuno comunicarlo con quien fuera que estuviera a esa hora, dos o tres minutos después de la notificación del banco. Igual se los debía. Mi español del siglo LVI había mejorado notablemente gracias a mi permanencia allí y eso me había terminado consiguiendo un trabajo bien pago. Había cambiado de apartamento, había pagado varias deudas y había logrado comprar tiquetes para mi primer viaje en el tiempo. La excesiva comodidad y la excesiva incomodidad me ponen en la misma actitud humilde. Pensé que había sido muy duro con ellos. Y aunque todas las peleas, todos los insultos y todas las acusaciones de trivialidad habían estado sólo en mi cabeza, sentía que les debía una disculpa.  Estaba en deuda y me sentí tan generoso que pensé gastar cerveza para todos, de la época que quieran, pidan que yo invito en honor a todo el tiempo que les he robado, en honor a toda la hospitalidad recibida, en compensación por todos los abusos reales o imaginarios de los que han sido víctimas.

La puerta estaba abierta y entré. Normalmente me tocaba timbrar y esperar varios minutos antes de que alguien me viera a través de la cámara y decidiera si valía la pena abrirme o no. Esta vez entre de una vez y eso debió haberme preparado, haberme eso sospechar. Al parecer no soy tan inteligente como presumo. Nadie en recepción. Nadie en la sala de TV. Circuito de vigilancia apagado. ¿Por qué? Otra señal obvia que pasé por alto. Nadie en la cocina. Nadie en el comedor y nadie en la terraza, salvo algunas colillas tiradas aquí y allá. Agarré una y la prendí. Tenía dinero para cigarros y una cajetilla fresca en el bolsillo, pero el colilleo ya era un hábito adquirido. Además era una colilla bastante larga, daba casi para medio cigarro y me pareció irrespetuoso desperdiciarla. La encendí, aspiré y cuando estaba expulsando el humo mirando al cielo, de repente me cegué por unos segundos. Dolía mirar, tanto como dolía escuchar español actual para un extranjero. Y entonces, gracias a esa asociación lo comprendí todo. Dolor por dolor. Cerré los ojos y me los cubrí con la chaqueta. Traté de regresar a zona cubierta a tientas. Tropecé, me caí, pero terminé lográndolo. Cuando estuve a salvo del exterior, me permití abrir los ojos y recuperar la visión lentamente mientras procesaba, maldecía, procesaba de nuevo, me insultaba a mí mismo por no atender a las señales obvias. Finalmente me resigné y hasta me permití sonreír.

Una vez trascurrido el bimestre de apagón, los viajes vuelven. Pero los hostales deben quedar vacíos. Es la única normativa que se les exige. Pueden cobrar lo que quieran, pueden explotar a quien quieran, pero el hostal debe quedar vacío durante los diez meses que permanecen activos los viajes en el tiempo. Y no es por razones burocráticas ni corporativas. Es por razones naturales, si se quiere, por la propia naturaleza de la cuarta dimensión. Si queda una sola persona en el hostal, este deviene en burbuja de tiempo, del mismo tiempo (nativo) de la persona que se queda. Por eso el hostal tenía ese diseño raro, retro y ecléctico que tal vez nunca describí. Antes de que las reglas fueran claras y ampliamente difundidas, se quedaron atrapados un trio de huéspedes y por eso el hostal lucía con esa combinación tan articulada entre la arquitectura de 1750, el mobiliario del año 945 y la distribución típica de 2601. Tres huéspedes se quedaron atrapados como yo lo estoy ahora y por eso el hostal está adoptando las formas de mi época… hasta que yo salga y alguien más se quede atrapado.

Aquí dentro el tiempo transcurre, desde luego, pero de una manera ligeramente artificial. Es casi un tiempo caché, por hacer una analogía cibernética, un tiempo reciclado que se alimenta de sí mismo. No se puede salir. No se puede entrar. Ni en esta época ni en ninguna otra, por lo que he podido averiguar, recordar y reconstruir gracias a los documentos que han dejado huéspedes y empleados. Hay hojas de diario, cuadernos, agendas, computadoras olvidadas, discos duros. Todos llenos de trivialidades y datos que no entiendo; pero todos con dos o tres notas claras y en mayúsculas: NO TE CONFÍES. CALCULA BIEN EL TIEMPO. VETE ANTES DEL CIERRE. Un mantra para viajeros en el tiempo, un mantra que todos se recitaban de manera privada pero que nunca salió en las conversaciones que tuvieron conmigo (¿o sí?)

No se puede salir ni entrar. Ni en esta época ni en ninguna otra. Por lo que he podido reconstruir, parece ser que cada época desarrolla su propia fachada para justificar el no acceso. En algunas se justifica mediante un lote vacío, en otras mediante un edificio gubernamental, en otras es una embajada, en otras es un ancianato o un centro de ayuda a discapacitados. En otras es un edificio en obra negra que siempre parece que acaban de empezar a construir y nunca terminan. En otras son los escombros de un edificio recién demolido. La gente pasa y se pregunta por qué tarda tanto la remoción y la construcción de un nuevo inmueble, toman nota de la dirección y se proponen llegar a casa para quejarse ante las autoridades competentes. Sin embargo, al salir de la zona de influencia que ocupa o debería estar ocupando el hostal, se olvidan de la pregunta y retoman sus propios asuntos.

Constantemente reviso mis ojos buscando daños. Parece que no fue nada grave. Hubo dolor intenso pero alcancé a cerrarlos a tiempo. Aprendí a la fuerza que ni siquiera la mirada puede salir del hostal. Cuando se mira por una ventana, por una rendija o se abre una puerta, se ven todas las épocas (exteriores) yuxtapuestas, sucediendo simultáneamente. La simultaneidad enmarcada, digo yo. Duele pero se dice que no es mortal. Incluso se dice que ni siquiera daña, que es todo mental. De vez en cuando me lo creo y me arriesgo a intentarlo de nuevo; pero termino tan adolorido y asustado que me toma varias semanas reponerme para arriesgarme a repetir. Llevo cuidadosamente el registro de progresos. La primera vez duré menos de un segundo. La última vez (ayer) llegué apenas a los dos minutos cuarenta y siete; y eso que me mentalicé durante un mes entero. Me puse ropa limpia, me serví un cubalibre y preparé una silla cómoda para fingir que estaba mirando la playa o un atardecer. No funcionó del todo, pero duré más que la vez anterior.


[1] Lo primero que se ve en recepción son varios relojes de pared que marcan la hora de distintas épocas, así como antes había relojes que daban la hora de Bogotá, la de Buenos Aires y la de Bruselas en agencias de viajes, hoteles y aeropuertos. Sin embargo, como el pasado, el presente y el futuro todavía son simultáneos y están sincronizados, todos los relojes de recepción (y del mundo) marcan la misma hora siempre. El reloj negro y redondo dice “2pm. 1958”. El reloj azul con forma rectangular y números romanos dice “2pm. 1875”, y el reloj rojo en forma de estrella dice “2pm. 453 a.C.”. Es una secuela nostálgica del turismo tradicional, pero aun así los huéspedes consultan y comparan los relojes, pasaporte en mano, cada vez que entran y salen.