sábado, 23 de diciembre de 2017

DOBLECES DE APERTURA

Dobleces de apertura

Se antojó de una máquina del tiempo. No podía pagarla de contado, así que la compró a crédito y difirió las cuotas al pasado. Veinte años atrás le llegó la primera factura. No se le daba mal el origami, así que ejecutó algunos dobleces y convirtió la factura en algo parecido a una máquina del tiempo voladora que viajó sin escalas hasta la caneca. Dos semanas después le llegó otra factura con un recargo por mora. La estafa era más elaborada de lo esperado pero igual no estaba dispuesto a caer. Rompió la factura en cuatro para subrayar su determinación y continuó regando las plantas. A los cinco días le llegó una tercera factura (mismo logo, mismo diseño, mismo papel) con una notificación de aviso de suspensión. Si no pagaba le quitarían la máquina. No podían quitarle algo que ni siquiera existía. Quemó la factura y salió a tomarse unos tragos para celebrar la solidez de su carácter. Durante la velada no pudo evitar comentar el tema. Ninguno de sus colegas había escuchado algo similar, pero lo encontraron tan divertido y creativo que pagaron la cuenta.

Trece días después le llegó una orden de desalojo. Un banco del futuro reclamaba la casa a manera de indemnización por cuotas atrasadas e intereses acumulados. No se lo tomó tan mal. De todas maneras quería mudarse. Empacó, se despidió de las plantas y salió. Al día siguiente, dos minutos después de entrar a su oficina, le notificaron que su sueldo había sido embargado: su yo del futuro había solicitado otro crédito para pagar las cuotas del primero. Intentó demandar pero el proceso no avanzó: el representante legal de la contraparte aún era menor de edad. El abogado cobró de todas formas y los honorarios acabaron con sus ahorros. Se quedó en la calle y empezó a vivir de caridad. Pasó momentos difíciles pero al menos, sin oficina y sin casa, ya no había forma de que los cobradores lo acosaran.

Pasaron diez años y se anunció públicamente la existencia de los viajes en el tiempo. Vio la noticia por televisión en un albergue junto a otros mendigos que aseguraban haber vivido experiencias similares a la suya. Varios de ellos conservaban las facturas íntegras (enmarcadas, plastificadas, encuadernadas) para hacer los reclamos pertinentes en cuanto se inaugurara el banco que había enviado los cobros. Le pareció delirante pero sensato. Recordó el olor a futuro quemado de la factura que incineró. Recordó la factura que rompió en cuatro y se preguntó si rasgar papel del futuro no afectaría el tejido de la realidad. Recordó la máquina voladora que terminó en la caneca y sólo entonces reconoció que se había equivocado en los dobleces de apertura. No pudo recordar qué había hecho con la orden de desalojo.

Pasó cinco años recogiendo sus pasos con la esperanza de encontrar el documento. Revisó albergues, comedores comunitarios, hospitales, sótanos, puentes, bancas de parque, andenes, salas de espera y hostales. Incluso regresó a su antigua casa. Ya no existía. Había sido derribada para construir un centro comercial. Su pesquisa había terminado pero igual entró porque necesitaba orinar. Pidió indicaciones y le dijeron que sólo había baños gratuitos en el noveno piso. Subió las escaleras y dio varias vueltas hasta que finalmente lo vio a lo lejos. Antes de llegar fue abordado por un vendedor. Hacía mucho tiempo nadie le hablaba con tanta cortesía. Se dejó guiar a una oficina cercana. Le prestaron el baño, le ofrecieron comida y asiento. Al rato le entregaron un folleto: “Viajar en el tiempo ya no es un lujo elitista”. Había fotografías de familias sonriendo en la Edad Media y en la Antigua Roma. No le llamaron mucho la atención así que empezó a hacer dobleces tratando de reconstruir esa máquina voladora que había terminado en la caneca del pasado. Consiguió aproximarse bastante, tanto que cometió los mismos errores de apertura. Alisó el folleto y empezó de nuevo mientras el vendedor exponía los beneficios del crédito: no pedían fiador, los intereses eran competitivos y las cuotas podían diferirse al pasado. Nunca le gustaron las deudas: había pagado la universidad, su antigua casa y el café de esa misma mañana al contado. Rechazó el crédito pero antes de irse preguntó si podía quedarse con el folleto.

No encontró albergues en la zona. Decidió pasar la noche en un parque. No pudo dormir y aprovechó el insomnio para trabajar en el folleto. Destruyó y reconstruyó la máquina varias veces. Quince minutos antes del amanecer lo consiguió. Dobleces de apertura perfectos. Fueron necesarias doscientas cuarenta y siete máquinas destruidas pero había valido la pena. Entonces lamentó no haberlo logrado antes. Veinte años antes. Y se antojó de una máquina del tiempo.